¡Cuánto sufrir por su pueblo, cuánto pasar trabajo, cuánto madrugar! ¿Alguien me pude decir si conoce otro un país donde haya tantos patriotas?
La campaña está en sus buenas. Las caravanas salen los fines de semana a ganar votantes, a crear ilusiones, a engañar compañeritos de los nuevos, a convencer a los viejos de que ‘ahora si’, a comprar a los reformistas (porque son los que menos cuestan).
Salen las camionetas cargadas de gentes, ministros, vicepresidentes y presidentes. Cruzan los slogans vacuos: ‘fulano, el sindico que tu esperas’, ‘mengano el diputado tuyo’, ‘sutano un senador para ti’; y ‘perensejo, un senador para siempre’. Las disco-lites hacen sus apuestas a ‘la que suene más duro’, y dejan sordo al barrio entero.
Los candidatos y candidatas se retratan con sus futuros votantes, estrenan abrazos, disfrutan de besos electorales, escuchan plegarias y reciben ‘folders’ con una lista de peticiones que nunca se cumplirán.
De súbito cruza una guagüita forrada de afiches multicolores que quiebra el orden, corre por el carril contrario. Al vecino le metieron una bandera por un ojo y se lo llevaron, los del ‘cuerpo de orden’, al hospital más cercano. Hay más entrevistas que estrellas en el cielo.
Detrás de toda esa bulla no hay mucho que esconder: emociones, suspiros, pasiones repetidas. Y vuela la mentira sobre las verdad. Llega la comezón a un tipo o una tipa que no duerme por la euforia de creerse el más sacrificado de los patriotas, solo que esta vez, alegría será por 6 años.
Tendrá que levantar el brazo. ¡Cuánto sufrir por su pueblo, cuánto pasar trabajo, cuánto madrugar! ¿Alguien me pude decir si conoce otro un país donde haya tantos patriotas?
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