Se escucha un jolgorio en la esquina, hay un molote, unos muchachos brincaron la cerca y salieron a buscar aire, luz y fuerza, dijeron
Desde el bosque escucho el murmullo de los que oran para que todo siga igual. Establecidos, incólumes, sentados en sus cuadra-partidos, militan desde chiquititos, invariables, como la soda Enriquillo. Y cantan su canción de siempre: "Del imperio y para el imperio".
Por otro lado, una manada encerrada en su potrero. Por la puerta grande, aunque abierta, nadie sale, nadie se atreve a buscar agua al rio, nadie va por pasto al llano. Cada quien sueña con que nada cambie en casa, muertos de miedo creen que esa nada es la paz.
Viven allí los que temen cambiar porque para avanzar hay que subvertir el orden de lo establecido y ese código no está autorizado. Esperan la señal de los poderosos, única valedera, que les dan ‘lo suyo’.
Se escucha un jolgorio en la esquina, hay un molote, unos muchachos brincaron la cerca y salieron a buscar aire, luz y fuerza, dijeron. Despertaron de la ilusoria paz que predican todo el día los mensajeros del hambre, “…con micrófonos y planta…”. Esos anunciadores de mentiras, no miran que la historia anda como acorazado indomable.
El revuelo inquieta a los vice y sub-líderes; citan intelectuales asustados, murmurantes de lo nuevo. Nunca se enteraron que de vez en cuando la libertad anda suelta y busca dónde posar su fuerza. Olvidan que a esa mujer libre sólo le importa ‘el número de estrellas en la frente’, como aquel 12 de enero.
Recuerden que cuando esa fuerza echa a andar, nada ni nadie la detiene, sigue después de la muerte, incluso. Despierta y camina, a veces como un rio crecido, otras veces como hormiga bajo tierra; y muchas veces la libertad camina como el viento, que corre, derriba, refresca, y que nadie atrapa.
Por más melodioso que suene el tema y entretenga, aunque no agrade su estribillo, por más querer que todo muera, aunque la amargura de los poderosos se junte toda en la cabeza, ni tú ni nadie detienen su paso: el huracán-libertad es la fuerza de la naturaleza, borra todas las mentiras, abre falsedades y levanta el perfecto orden.
Desde el bosque escucho el murmullo de los que oran para que todo siga igual. Establecidos, incólumes, sentados en sus cuadra-partidos, militan desde chiquititos, invariables, como la soda Enriquillo. Y cantan su canción de siempre: "Del imperio y para el imperio".
Por otro lado, una manada encerrada en su potrero. Por la puerta grande, aunque abierta, nadie sale, nadie se atreve a buscar agua al rio, nadie va por pasto al llano. Cada quien sueña con que nada cambie en casa, muertos de miedo creen que esa nada es la paz.
Viven allí los que temen cambiar porque para avanzar hay que subvertir el orden de lo establecido y ese código no está autorizado. Esperan la señal de los poderosos, única valedera, que les dan ‘lo suyo’.
Se escucha un jolgorio en la esquina, hay un molote, unos muchachos brincaron la cerca y salieron a buscar aire, luz y fuerza, dijeron. Despertaron de la ilusoria paz que predican todo el día los mensajeros del hambre, “…con micrófonos y planta…”. Esos anunciadores de mentiras, no miran que la historia anda como acorazado indomable.
El revuelo inquieta a los vice y sub-líderes; citan intelectuales asustados, murmurantes de lo nuevo. Nunca se enteraron que de vez en cuando la libertad anda suelta y busca dónde posar su fuerza. Olvidan que a esa mujer libre sólo le importa ‘el número de estrellas en la frente’, como aquel 12 de enero.
Recuerden que cuando esa fuerza echa a andar, nada ni nadie la detiene, sigue después de la muerte, incluso. Despierta y camina, a veces como un rio crecido, otras veces como hormiga bajo tierra; y muchas veces la libertad camina como el viento, que corre, derriba, refresca, y que nadie atrapa.
Por más melodioso que suene el tema y entretenga, aunque no agrade su estribillo, por más querer que todo muera, aunque la amargura de los poderosos se junte toda en la cabeza, ni tú ni nadie detienen su paso: el huracán-libertad es la fuerza de la naturaleza, borra todas las mentiras, abre falsedades y levanta el perfecto orden.
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